jueves, 20 de abril de 2017

Opina Daniel Corlazzoli sobre Vidas y leyendas en la costa del Queguay






«Pinta tu aldea y pintarás el mundo»
León Tolstoi
No es necesario usar el lunfardo para describir el mundo del tango. Dada la riqueza del lenguaje, tampoco es imprescindible el habla gauchesca para recrear el medio rural y sus costumbres.
En estos trabajos de del Rey coexisten, con total naturalidad, la descripción y la evocación, haciéndole recordar al lector numerosas situaciones similares vividas, al mismo tiempo que le presenta otra, enteramente nueva, irrepetible. Este es un punto fuerte de la escritura del Autor: la gran potencialidad evocadora de las descripciones que hace. Apela a la riqueza del mundo interior del lector. Y para ello utiliza una forma cuidada, medida, que no cierre las puertas a las colecciones de experiencias vividas de que quien lee sus textos.
Son escritos que hacen bien. (Aunque no se proponga ni por asomo escribir libros de autoayuda.) Purifican nuestras mentes demasiado cartesianas, con la frescura de una aparente espontaneidad. La ilusión de improvisación en realidad está lograda gracias a un muy trabajoso pulido del relato. Y esto sin que se note: el texto corre, fluye, irriga nuestra imaginación, y allí se renueva, renace y ya no pertenece más enteramente al autor.
¿De quién son las palabras? De quien las usa: uno las elige y las utiliza escribiendo y otros muchos las usamos leyendo y hablando. ¿Y si fueran las palabras quienes nos preceden? ¿Y si fuesen ellas quienes nos moldean?
Del Rey escribe, publica, pinta al óleo y vuelve a publicar. Desde diferentes ángulos, textos diversos apuntan a extraer la riqueza de los relatos subyacentes. Al igual que el tesoro de “No se altera la leyenda” que no está, pero existe en el plano de la fantasía porque mucha gente cree que existe y se comporta como si por allí estuviera. Los textos son de del Rey; el relato que subyace a ellos quizás nunca lo fue. Por algo el Autor escribe sobre leyendas. ¿A quién pertenecen los mitos? A los pueblos. ¿O
 somos nosotros los que pertenecemos a ellos? Allí reside el elemento subyugante de estas historias que describiendo la realidad y la fantasía sanducera del Queguay describen al mundo, la vida y la muerte, los miedos y las ambiciones retratadas en “Vidas y leyendas en la Costa del Queguay” reflejan a la humanidad de todos los tiempos.
Daniel Corlazzoli



Opina Conrado Cardozo - Diciembre 2008.

VIDAS Y LEYENDAS EN LA COSTA DEL QUEGUAY


   

                        Doctor don José María
                        Del Rey su ilustre apellido
                        con placer he recibido
                        su libro que es maestría
                        sé de su sabiduría
                        vertida con gran fluidez
                        que me recuerda tal vez
                        entre palabras de halago
                        las cosas lindas del pago
                        y el tiempo de mi niñez.
                               - - - - - - - - - -
                        Esas leyendas hermosas
                        en las costas del Queguay
                        demuestran que en mi Uruguay
                        hay cosas maravillosas
                        sus corrientes rumorosas
                        nos hablan de maravillas
                        y en el tiempo de las trillas
                        cuando el sol quema el camino
                        es como un soplo divino
                        el frescor de sus orillas.
                               - - - - - - - - - - 
                        Doctor lo voy a dejar
                        pero estaré muy alerta
                        dejo la tranquera abierta
                        para cuando guste entrar
                        ya sabe dónde encontrar
                        mi muy humilde guarida
                        y al fin de su recorrida
                        puede tenerlo por cierto
                        que habrán dos brazos abiertos
                        dándole la bienvenida.
                               - - - - - - - - - -
                                       Conrado Cardozo
                                               Diciembre 2008.

69 Notas sobre literatura

Notas sobre literatura
II

EL TAL RODRÍGUEZ
-       cuento    -
                                                                    
Un estudiante practicaba con una máquina fotográfica cuando vio que se acercaba, por el camino frente a su casa, un hombre a caballo; y lo enfocó.  Rodríguez lo miró y no dijo nada.  «Si supieras las que pasé… ».  El aficionado le hizo señas, para darle a entender que quería tomarle una foto.
–¿Me permite? Estoy probando la máquina. ¿Me deja sacarle una?
Rodríguez detuvo su caballo zaino, tomó un poco de aire y miró lejos.
            Eso fue dos o tres días después de su encuentro con un forastero en el paso de un arroyo. El hombre del caballo había pedido para trabajar en un cuento de Francisco Espínola, y el escritor lo probó la otra noche en una aventura de espíritus.  Este hombre representó el papel protagónico en ese cuento, que lleva el título de Rodríguez.
El estudiante, sin saber quién era el hombre a caballo, tomó la foto. «Click».  Sin haber pronunciado un sí o un no, Rodríguez retomó su andar y se alejó igual que como había llegado.  «De seguro la foto se veló: me le coloqué bien entre el sol y la cámara».
Pero días más tarde el padre del muchacho puso ante sus ojos aquel número de la revista ASIR de 1958:
            –Mira bien lo que dice en este cuento, y después decime si no…
            Quedó tan impresionado que envió una copia de la foto a la revista con una nota agarrada con un clip: «Por favor decirme si es el mismo paisano de la página 11, porque la foto que les mando ahora la saqué yo, el día 7…». Cuando la directora de la revista la vio, avisó al escritor Francisco Espínola y le entregó la foto tal cual la había recibido.
Un buen día –pero mucho tiempo después–, la foto fue a parar a la Biblioteca Nacional y allí quedó, guardada bajo siete llaves. Un empleado que había olvidado la rutina de los años, retiró la foto del archivo y sacó alguna copia. «Usted debe conservar una. No tiene que agradecerme nada».
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José María del Rey Morató
Uruguay

56 MÁS ALLÁ DE “EL SUR” DE JORGE LUIS BORGES

MÁS ALLÁ DE “EL SUR” DE JORGE LUIS BORGES
            Veinticinco años han pasado de la muerte del escritor, ocurrida el 14 de junio de 1986 en Suiza. Esta vez lo recordamos con su cuento “El Sur” (Ficciones. 1944).
            La primera vez que leí  “El Sur” me gustó mucho, aunque había cosas que se me escapaban. Más tarde, a medida que iba sabiendo algo más de ese cuento y de su autor, empecé a entender un poco más, como si las sucesivas capas de conocimientos de por aquí y de por allá me fueran aclarando el panorama.

Supe que el cuento mechaba cosas inventadas con otras que en efecto le habían sucedido Borges en su vida real. Supe de la convivencia del autor con una tensión interna que derivaba de ascendencias familiares que influían en  su personalidad y que también está presente –esa influencia, como conflicto–, en gran parte de su obra literaria y en muchas de sus opiniones públicas sobre sus compatriotas, sus hábitos culturales, su idiosincrasia y demás.
“El Sur”, en definitiva, me parece un gran cuento. Su historia comienza en Buenos Aires en 1939. Una tercera persona del singular narra la acción: desembarcó, se llamaba, era, se sentía. El narrador sabe todo  del protagonista y de los personajes. El tiempo verbal elegido por el autor es el pasado: tiene que ver con el peso de sus antepasados en su conciencia y en su identidad, con el mito del coraje que también viene del tiempo de antes y, por fin, con ese lugar –“el Sur”– que es el símbolo de esa memoria criolla tan fuerte.
El protagonista es Juan Dahlmann, nieto de un pastor de la iglesia evangélica, Johanes Dahlmann, abuelo paterno que desembarcó en Buenos Aires en 1871. Juan Dahlmann “secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba” representa al autor, cuyo abuelo materno es Francisco Flores, que murió en la frontera de Buenos Aires “lanceado por indios de Catriel”.
El abuelo materno de Borges se llamaba William Haslam y era pastor metodista; y el abuelo paterno fue el coronel Francisco Isidro Borges, montevideano, que murió en combate.
Ahí están las dos ascendencias, los dos linajes, las dos fuertes tendencias que se agitan en la mente y el ánimo del autor: por una parte, la civilización, la cultura, el protestantismo, la raíz europea, los libros; y por la otra, el coraje, la violencia, las revoluciones, los militares, los indios, el puñal, el coraje: en otras palabras, la barbarie.  Lo notable, en el caso de Borges, es que esa contradicción o dicotomía que se manifiesta como algo familiar y personal de un escritor, no es ajena a tendencias que laten, desde hace siglos, en el seno de las sociedades  rioplatenses. Borges las recoge, las obliga a convivir bien o mal y las saca a caminar como se puede por los pagos que siempre quiso tanto.
El protagonista del cuento, Juan Dahlmann, es la máscara detrás de la cual está el autor, Jorge Luis Borges. Teniendo presente al Borges real, puede entenderse que las cosas que le suceden a Dahlmann y sus propias decisiones individuales simbolizan algunos rasgos del destino de su país.
Ante los dos caminos que sus antepasados le proponen, Dahlmann elige el de la cultura, la civilización, lo europeo, mientras que la circunstancia, el destino, su país le reclaman, le exigen, que se haga cargo también de lo criollo, la barbarie.
Al final el protagonista acepta la eventualidad de su muerte trágica en una exhibición de violencia que admira aunque en verdad no le va: una pelea en la campaña, facón en mano, a la manera criolla. No importa que la pelea no sea parte de la realidad de su viaje al Sur, sino en cambio y señaladamente una parte decisiva de su ensoñación, de su memoria, de la memoria de todos los que hacen posible la Argentina de ayer y de siempre.
Estas cosas –una pelea criolla en un sueño– suceden, y cuando la responsabilidad de que ellas pasen en los cuentos es de Borges, esas cosas –más allá de «el Sur» de los sueños– siguen viviendo quizá para siempre.
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José María del Rey Morató
Uruguay

Opina Mestre Luiz Carlos dos Santos Vaz sobre "Vidas y Leyendas en la costa del Queguay







Quando comecei a ler Vidas y leyendas en la costa del Queguay, de José Maria del Rey Morató, 2008, logo percebi que precisaria fazer meu espírito de guri reaparecer e me sentar novamente junto a roda dos adultos, ouvindo histórias e tentando não sentir medo das aventuras narradas pelos mais velhos, enquanto pealava – aqui e ali, um mate mais quente do que poderia sorver um piazito de sete ou oito anos. As histórias e lendas ali, narradas magistralmente por del Rey, nos fazem crer que estamos num mesmo mundo. Um mundo sem fronteiras, sem diferenças maiores do que uma linguagem que – se fronteiriça, nos iguala a todos.
O Pampa gaúcho nos coloca em uma situação de igualdade frente à vida, as aventuras e os fatos que estão ali. A del Rey coube a tarefa – da qual se desincumbiu muito bem, de recontar as “nossas histórias”, converter nossas memórias comuns em literatura formal, culta e emocionante. Quem não se achar num personagem destas lendas não terá desfrutado dos serões à beira de um fogão à lenha, onde, enquanto os adultos adiantavam alguma lida para o dia seguinte, as crianças - ouvindo as histórias, iam povoando suas futuras recordações com figuras como a de Máximo Tavares, de Balbina, ou de Maurinho - “que era natural de Bagé”.
Ler Queguay é voltar-se ao interior – da terra e de nós mesmos, voltar-se aos nossos ancestrais e reconhecer em cada narrativa um pedaço de nossas vidas de então. Pois é preciso, como nos ensina Henri-Louis Bergson, recordar tudo – não só as coisas boas, mas todas as coisas, para com elas, reconstruir a nossa memória. Isso pode ser feito com a leitura de Vidas y leyendas en la costa del Queguay, do nosso narrador - del Rey. Que venham mais histórias/memórias que nos levem ao interior de nossa alma e de nosso Pampa.

Luiz Carlos dos Santos Vaz
Jornalista,

Especialista em História da Arte e
Mestre em Memória Social e Patrimônio Cultural
pela Universidade Federal de Pelotas

Opina Francisco Antelo

Vidas  y  leyendas en la costa del  Queguay


A lo largo de todos los cuentos, el autor nos describe con detalles muy precisos la época en que se desarrollan los cuentos y algunas costumbres de las gentes de esos tiempos.

 Yo me voy a referir a dos cuentos, que tienen que ver con el oro, y la crisis del 90 (1890).

En el cuento “No se altera la leyenda”, don Fernando de León su personaje principal nos habla de la calamitosa caída del banco Nacional. Y también en el cuento “ En aquel lugar”, su protagonista Balbina Soares, una niña de 10 años, nos cuenta del tesoro enterrado que encontró en el campo, y dice que era una olla llena de monedas de oro.

Estamos en la época del oro, donde no se le daba importancia al valor de los primeros billetes bancarios y la riqueza se medía en oro: así muchos lo escondieron o enterraron y dieron origen a estos relatos.

El primer banco del país fue el banco Mauá, y luego se fundaron el Montevideano, el Comercial, el Navia, el italiano, el Oriental.

Era una época de bimetalismo: o sea existían dos monedas como reservas y respaldo bancario: de oro y plata, que eran el peso de plata y el doblón de oro: un doblón de oro equivalía a 10 pesos de plata.

Los bancos emitían sus propios billetes en función de las reservas de oro y plata que tenían: era también la época de la convertibilidad del papel moneda en oro y plata.

Las emisiones en exceso hicieron que se produjeran corridas de la gente a los bancos, convertir sus billetes y retirar oro. Los bancos no pudieron hacerles frente y cayeron: es la llamada crisis del 68  (1868); y pese a los esfuerzos, cayeron.

 Esto trajo como consecuencia una desconfianza acerca del papel moneda y así se desató la pugna entre los cursistas (partidarios del curso forzoso del papel moneda) y los oristas (partidarios de la convertibilidad de los billetes en oro).

Después de la crisis del 68, el patrón de las reservas fue el oro, y se aseguró la convertibilidad de la moneda con préstamos del Estado ante Londres.

Hacia 1887 se crea el Banco Nacional, un banco impulsado por el empresario (español) Emilio Reus y otros inversores. Crece rápidamente y se constituye en el principal banco del país, es un momento de crecimiento económico muy grande. Fue un banco que se extendió mucho y el primero con alcance nacional, ya que tenía sucursales en todos los departamentos del país.

Todo aquel auge fue acompañado con enormes emisiones de billetes, y con préstamos al estado para poder pagar su presupuesto.

En esta época las importaciones superaban a las exportaciones, debilitando las reservas del estado en oro.

 Así se excedió en la emisión respeto a sus reservas, y los bancos de Londres y Rio de la Plata y el Comercial (oristas)  y otros empresarios exigieron la convertibilidad de los billetes emitidos por el Banco Nacional. Éste no pudo hacer frente a todas las devoluciones en oro, y pese a los esfuerzos de un decreto de curso forzoso de los billetes y un préstamo que se gestionó en Europa (Inglaterra).

 Ninguna de las medidas funcionó y los grandes comerciantes y los dos bancos nombrados establecieron la no aceptación de los billetes del banco Nacional, provocando de inmediato la caída del banco.

Esta fue una crisis muy profunda, por las dimensiones del banco Nacional, por la cantidad de billetes, que quedaron sin valor y las pérdidas que ocasionó.

Ante la calamitosa caída del banco Nacional, el protagonista del cuento –Femando de León–, no reaccionaba. Tuvo cambiar su vida; pero yo no les voy a contar el cuento, les aconsejo leerlo y comprar el libro.

Pero hoy, el protagonista es el libro que se presenta, y su autor, que nos trae su versión escrita de estos cuentos que escuchó muchas veces.

Francisco Antelo

Especialista financiero

10 de febrero de 2009.  Atlántida.




41 MI BARRIO monólogo


MI BARRIO      

monólogo



         Hace cien años faltaba un lugar para mirar la luna, los eclipses, los relámpagos o la temible luz del rayo: cuatro cuadras entre la fuente de agua de la plaza redonda y la barranca que sube de la playa. Tejados de dos aguas y arcos, eucaliptos y pinos. Llegaron los zorzales, calandrias, horneros, carpinteros, palomas; y hasta las cotorras se vinieron.

Los horneros habían encontrado una chimenea en desuso, que trepaba tres metros sobre la azotea de una casa de dos pisos. Construyeron tres nidos, uno con la puerta hacia el Norte, otro al Este y otro al Oeste. No hicieron ninguna puerta abierta al Sur. ¿Cómo lo sabían?

Faltaba abrir un paso al viento duro del Oeste que levanta polvo y pasea las hojas secas, y para el vuelo pesado de nubes del Este que traen humedad: una calle ancha, entre filas de árboles. Calle para caminar y conversar, jugar a la paleta, quemar hojas secas en otoño, aprender a andar en  bicicleta, o pararse a tomar mate y mirar, eso sí, saludando siempre. Dejamos de leer el diario o de tomar mate, y miramos a los pocos autos que pasan  apurados: siempre son de otros pueblos.

Cuando los niños de mi barrio van a Montevideo les viene dolor de cabeza y se sienten mal.

◊ ◊ ◊

Las comadrejas a veces se animan –más bien por la noche–, y recorren la calle a lo largo o la cruzan de un jardín a otro. ¡Los perros! Es mejor que los niños no vean. Los perros quedan enfurecidos, y hay que darles leche.

Los sábados por la mañana llegan las parejas de misioneros o predicadores. Tocan timbre o golpean las manos en cada casa. Son amables y se hicieron amigos de los perros. Dicen que se viene el fin del mundo y que tenemos que prepararnos.

Pero en mi barrio nadie se toma en serio que un día de éstos vaya a terminarse el mundo: bueno, en otro lugar quizás, podría ser; pero aquí nadie cree que eso pueda pasar en esta calle.

Mi barrio es así.