sábado, 27 de diciembre de 2014

2.º premio en el XXVII Concurso de Cuento Corto del Centro Hispano Americano de Artes y Letras, Montevideo.


El último guardián   *

Contrabandistas y ladrones de ganado. Otras veces, andantes que cargaban cueros de nutrias, lobitos de río y zorros. Pasaban de noche, cruzaban el campo, en vez de transitar legalmente por calles alambradas o por sendas de paso permitidas.  Había llegado el momento de enderezar las cosas.

Era una mañana de 1970. El Ministerio del Interior abría las puertas de un resguardo policial en la costa del Queguay Grande, cerca del antiguo Paso de García. Un vecino había donado diez hectáreas. En una ladera del cerro, que daba hacia el monte, levantaron las construcciones. La casa tenía cuatro piezas, dos baños, cocina y una habitación grande con estufa a leña. A unos quince metros del puesto policial, edificaron un calabozo, con puerta y ventana enrejadas; y para el otro lado, un galponcito para guardar las cosas.

—Tienen aperos para los caballos. Ahora trajimos carabinas. Salgan y recorran los campos todos los días —decía el Oficial de policía—. ¡Personal! Pongan atención: lleven siempre estas libretas de tapas negras, anoten las novedades; y cuando agarren la punta de la madeja, informen.

Los cuatro policías asignados al resguardo escuchaban. Uno de ellos, Juan Núñez –piernas combadas, brazos largos, mirada astuta– tenía entonces cuarenta años. Le decían El Aguará.

Por último, el oficial aclaró:

—Todo hasta nueva orden.

Los policías del resguardo vigilarían de cerca el Paso de García, un discreto, casi invisible, cruce con doscientos años de historia. El arrastre de las crecientes –decían– solía modificarlo. Los guardias debían observar, además, la antigua Picada de los Cerros del arroyo Corrales –dos leguas al norte del piquete– clausurada en 1935 (¿clausurada?). Había muchos que contaban que unos cuantos todavía sabían cruzar, en las noches, por esa picada.

Todo ese dilatado trajinar era mucho para un solo policía. Por eso, en sus comienzos, la patrulla estuvo integrada por aquellos cuatro guardias rurales. A poco de instalado el resguardo, dejaron de verse en los campos las huellas de los viajeros furtivos.

Más tarde, algunos agentes fueron trasladados a otros destinos; uno renunció, otro se jubiló, mandaron uno nuevo. Hasta que, después de tantos cambios, El Aguará Núñez quedó solo, como único personal.

Mientras el tiempo pasaba, los transparentes y ligustros fueron creciendo. Al final, rodeado de rocas y plantas, el puesto policial terminó como escondido de las miradas de la gente.

Cada madrugada, el sargento Núñez, no bien saltaba de su cama –como un reflejo profesional– abría la ventana del dormitorio que daba hacia el calabozo, y miraba.

Hace veintiocho años, Núñez se jubiló; pero siguió vigilando, y enseguida anotaba las novedades de cada día en la libreta negra. Sólo sabían de su existencia en el Banco de Previsión Social: cuando era fecha de pagos y llegaba Núñez en su caballo gateado. Había dejado en la puerta del puesto un letrero: «Vuelvo». Montaba y salía para el local de cobranza, distante doce leguas. Al otro día cobraba su jubilación; hacia la compra y se venía de vuelta.

Como no tenía familia ni techo propio El Aguará quedó viviendo allí, en la casa del resguardo. «Hasta nueva orden», suponía.

 

Parecía que la Jefatura de Paysandú se hubiera olvidado del puesto de  guardia. Hasta que un día de 2011 enviaron a un escribano y un oficial de policía: retiraron del frente de la casa el Escudo de metal, con las imágenes del Cerro de Montevideo y la balanza ya borrosas, y la placa que decía "Policía". Luego, arriaron la Bandera Nacional.

Ambos funcionarios autorizaron a Núñez, por escrito, a permanecer viviendo en el lugar, sin condición alguna. El Aguará –que andaba por los ochenta– se sintió conmovido: «A esta altura, sería duro tener que andar extrañando».

Después, recordó que había olvidado contarles, a los funcionarios de la jefatura, de su colección de nidos –unos sesenta– y de huevos de aves, que guardaba en el galponcito. Colocados en orden; cada cosa con su nombre: boyero, pava de monte, espinero, urraca azul...

Más tarde pensó que no le habían pedido que abriera la puerta del galponcito, aunque solo fuera para que ellos miraran lo que había adentro.

Y por eso, tampoco vieron los estantes, donde Núñez guardaba, en perfecto orden, cuarenta años de libretas negras.

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* 2.º Premio en categoría Cuento Adultos en el XXVII Concurso de Cuento y Poesía "Prof. Antonio M. Apa Lucas", convocado por el Centro Hispano Americano de Artes y Letras, Montevideo. 12 de diciembre de 2014.

 

 

2.º Premio en el Concurso Nacional de Cuentos de la Asociación Uruguaya de Escritores, AUDE.


Sierra de Los Espejos   *

 

No bien se bajó del tren leyó el cartel: Sierra de Los Espejos; distancia de Central: 489 km; elevación: 300 metros sobre el nivel cero de la bahía de Montevideo.

Omar Alzola había andado buscando un rincón apartado, para poder concentrarse en escribir cuentos. Con ese fin alquiló lejos, tierra adentro, en el Norte de Uruguay, una casa pequeña. Trajo libros, computadora, mate y termo, y unas pocas cosas más. No necesitaba demasiado; no quería perder tiempo, complicarse la vida.

La casita estaba en la Cuchilla de Haedo, esa cordillera de cerros medianos, cuyas cumbres largas y planas tienen, todas, una altura parecida. La brisa suave del Este andaba bajo el alero de la casa y, cuando encontraba abiertas la puerta o alguna de las ventanas, se metía en los cuartos. Omar no se preocupaba por esa brisita, con la cual se entendía bien.

Omar Alzola disfrutaba de su refugio solitario, allá arriba, entre los cerros, rodeado de piedras, arbustos y tunas. Tomaba mate, escuchaba música o los gritos de los teruteros, mientras su mente buscaba. Y cuando sentía que le venía el arranque, escribía.

 

Una tarde, mientras estaba pensando en un cuento, dejó que su mirada escapara hacia la cuchilla. Estando en eso vio, sobre un cerrito cercano, un hombre que caminaba; parecía que viniera para su casa. Decidió atender solamente a su cuento.

Cuando encontró la solución se puso a escribir de corrido, sin cuidar los detalles del protagonista; quizá por eso, terminó pareciéndose al propio Alzola, puesto que ambos vestían camisa y pantalón vaqueros y botas para protegerse de las víboras. Media hora más tarde, cuando estaba revisando el final del cuento, oyó que golpeaban las manos y una voz de hombre que decía:

— Buenas tardes. ¿Quién anda ahí?

Omar se puso de pie y enderezó hacia la puerta. La abrió despacio, mirando. Le pareció que el recién llegado era el hombre que había visto, un rato antes y a la distancia, caminar sobre el cerrito. Le contestó:  

—Buenas tardes. Alquilo esta casa desde hace un mes. Necesitaba tranquilidad; estoy escribiendo unos cuentos... —explicó, mientras el hombre lo escuchaba y miraba.

Omar observó que el hombre usaba camisa y pantalón vaquero, y botas para protegerse de las víboras. Estando en eso cayó en la cuenta: el escritor, el protagonista del cuento y, ahora, el recién llegado también, ¡de camisa y vaqueros, y botas! Le pareció el colmo de los colmos.

Omar Alzola había oído hablar, alguna vez, de ciertos casos raros. Comprendió que la cosa no se arreglaba con palabras; supo que no se arreglaría.

No dijo nada, no pensó más y se tiró cuesta abajo. Saltaba, corría, tropezaba entre las piedras y las tunas. Los teruteros, furiosos, gritaban. Nunca miró para atrás, el cerro, la casita, el hombre.

A la noche, en la estación de Sierra de Los Espejos, lo vieron cuando se subió a un tren que venía del Norte y se dirigía a Montevideo. No llevaba equipaje, ni siquiera una gorra.

Días más tarde, alguien comentó que Omar Alzola se había venido a vivir a Las Toscas. Pero nadie pudo entender lo que contaba que le había sucedido allá lejos, tierra adentro, en el Norte, en una casita de la cuchilla.

Después supieron que había dejado de escribir cuentos. Creen que nunca más.

Regaló las botas. Ahora se dedica a pintar paisajes al óleo.

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* 2.º Premio en el Concurso de Cuentos Cortos 2014 de la Asociación Uruguaya de Escritores, AUDE, 18 de diciembre de 2014

lunes, 8 de diciembre de 2014


Fin de curso

El taller literario "El Águila" finalizó sus actividades anuales el domingo 7 de diciembre de 2014.
El acto de fin de curso se realizó en la Biblioteca "Idea Vilariño", Parque AGADU, Villa Argentina.


En la oportunidad se recordó que es el sexto año consecutivo de actividad del taller literario "El Águila" sobre Técnicas de de escritura, trayectoria que ha sido recogida, en parte, en dos libros: Huellas en la arena - narrativa (2011) y La pluma del águila (2012).

jueves, 18 de septiembre de 2014

1er. Premio XXIX Concurso Literario "Melvin Jones"


El Club de Leones Montevideo Buceo, organizador del XXIX Concurso Literario "Melvin Jones", otorgó el 1er. Premio a José María del Rey Morató, por su cuento ¡Bravo, Maestro!
El acto se realizó el martes 9 de setiembre de 2014, en el Ateneo de Montevideo.
 
¡Bravo, Maestro!

 

Agradezco a las puertas que se abren.

Saludo a las que se cierran:

me devuelven todos los horizontes.

 

Aplaudían a rabiar todos de pie. No bien el coro juvenil de Salinas terminó de cantar comenzaron los aplausos; duraron quince minutos. Perdidos los restos últimos de  formalidad, el director del coro de mayores de Canelones y el cura de la capilla de santa Isabel de Hungría gritaban, todos los demás aplaudían y también gritaban:

         —¡Bravo, Maestro!

         Después de aquella noche pasó algún tiempo. Cada hombre es un mundo. No hay rosas sin espinas.

         Condenado por un crimen monstruoso, aquel músico fue pagando su culpa año tras año, convencido de que moriría antes de salir de prisión.  Una cuestión de tiempo, pero por partida doble: la condena máxima y su edad. A ciento treinta y cinco leguas de la Capital, en el Norte lejano, sobre las barrancas del río Cuareim, cerca de las cerrilladas de Rio Grande do Sul, el presidio moderno y frío lo ayudó a luchar con el pasado y encarar el día a día…

Los recuerdos de los años felices, como luces traseras de motos en la carretera, se iban perdiendo a lo lejos. Las imágenes del coro en la capilla de Salinas, sin embargo, se mantenían casi enteras. Cuando dormía en su litera, soñaba y aquellos recuerdos todavía venían a visitarlo. Entonces, volvía a ver, tal cual había sido, la inolvidable noche gloriosa.

Un recluso nuevo –un hombre que para robar algunas cosas reconoció haber matado tres veces– lo oyó cantar, un día que el viejo andaba entre las vides, podando. Lo escuchó, trató de entender, pero en el momento no dijo nada. Otro día, lo mismo. Puso un poco más de atención. Luego se le arrimó con cuidado y, tratando de no molestarlo, habló:

—Usted canta lindo. Esa música me gusta, pero no le entiendo nada. ¿Está en alemán?

—No, señor. Está en inglés. Es de los Beatles.

—¡Ah! Los Beatles. Y esa letra, ¿qué dice?

—Habla de una muchacha que se llama Jude. El amigo le dice que la vida de ella puede mejorar. Le aconseja que busque una canción y la meta debajo de su piel, bien junto, pegadita a su corazón. Y así, las cosas, las cosas de ella, van a mejorar, van a ser cada  vez mejor, mejor… Es linda, ¿no?

—Yo tuve una novia… Cosas. Si yo hubiera sabido esa canción…

* * *

 Meses más tarde, en aquel penal distante –construcciones blancas en medio de un desierto de piedra, invisibles desde las carreteras– un grupo de presos se juntaba dos veces por semana y ensayaba, con la ilusión de cantar en coro. Eran doce: cuatro bajos, cuatro barítonos y cuatro tenores. Los domingos se presentaban en la cancha de básquetbol y cantaban.

Un jueves llegaron dos helicópteros que traían de la Capital a varios jerarcas del Gobierno. Venían a visitar el presidio moderno y seguro.

El alcaide de la prisión invitó a las autoridades a entrar a la cancha de básquetbol, donde los reclusos esperaban formados. El director del coro y los doce presos aprovecharon el momento y se lucieron: cantaron La Cumparsita, Kilómetro Once (un chamamé) y Cuando cante el gallo azul.  

Al final, para impresionar a los jerarcas, el  coro se despidió con ¡Hey, Jude!:

Na na na na na na ná

Na na na ná, hey Jude…

 

A los demás presos les dio por seguir la cosa, batían palmas, se hamacaban…

Los ministros de la Suprema Corte de Justicia, el ministro del Interior, el jefe de Policía miraban y escuchaban. Los presos del coro seguían dale que dale con el na, na na na na ná.

En el aire se palpaba –como si pasara un meteorito transparente– la alegría de todos. Algunos gritos se colaban entre las voces del coro:

Na na na na na na ná

                    ¡Bravo, Maestro!

Na na na ná, hey Jude…

                   ¡Bravo, Maestro!...

Cuando terminaron de aplaudir, todos miraban, ninguno sabía qué hacer. Un hombre alto, de pelo blanco, caminó –adelantando su mano derecha– hacia donde había quedado, medio perdido, el maestro del coro. Le dio la mano  exclamando,  en voz alta, para que oyeran todos:

—Lo felicito. Estuvieron todos muy bien. Muchas gracias—. Era el presidente de la Suprema Corte de Justicia.

 

Después de cenar, cuando escuchó la orden, el músico se fue para su calabozo. Se tiró, así como estaba, sobre la cucheta. No podía más.

En algún momento de la noche soñó que estaba en Salinas. Veía luz, una gran luz, los rayos del sol caían todos juntos por las ventanas de la capilla. Y había mucho más gente: otros presos, los ministros y los guardianes.

No oía ruido de helicópteros.

Vio que las puertas estaban abiertas.

Siguió durmiendo tranquilo.

 

domingo, 8 de diciembre de 2013


 
Pedro Recciutti falleció el 12 de noviembre en Montevideo; había nacido allí el 18 de julio de 1935.

Fue profesor de Literatura, poeta, narrador, novelista, ensayista y dramaturgo.
Publicó varios libros:    La senda de la flexibilidad

                                      Cuentos en busca de un lector  (1995)

                                      Pasajeros de ensueños  (2004)

                                      Las palabras son mi sombra  (2009)

                                      Ciudad de palabras   (2013)

En los últimos tiempos decía que tenía otros quince libros prontos para llevar a la imprenta en cualquier momento.

Desde 1987 integraba la directiva del Grupo Erato. Y, al momento de su fallecimiento, desempeñaba la presidencia.

Desde 1999 conducía talleres literarios en la Capital y en algunas localidades del Interior, orientados, sobre todo, a la "creatividad literaria". Fue un profesor cordial, atento, generoso;  y humilde con todos.

Pedro Recciutti y Grupo Erato han participado de actividades literarias de la Costa de Oro y escritores de la zona han participado de actividades de Grupo Erato.
 
                                                         José María del Rey Morató, 4.ª Feria del Libro de Atlántida, 7 de diciembre de 2013.

 

EL ESCRITOR
          “No alcanza con vivir una sola vida. No alcanza con amar un solo amor, acaso por eso quise tanto; no alcanza con una sola muerte, por eso inventé muchas.
     NO alcanza, y me daba cuenta, con un solo cielo, ni una sola tierra, ni un solo mar, Ni un abismo, ni la eternidad. NO alcanza y es tan poco vivir una sola vida.
     Por eso me puse a escribir, vivir muchas vidas,
muchos amores, muchas muertes y ninguna.
Tener los cielos que mi imaginación soñaba; nadar en mares sin final, andar tierras sin tierra, solo sueños...los sueños de la imaginación.”    
     La pluma corrió sobre la hoja de papel en blanco;
vivió sus otras vidas, amando, muriendo a cada día; muriendo y volviendo para vivir, amar, morir y otra vez volver.
     Puso el punto final y supo
que le alcanza con esa sola vida; esas que eran tantas y le permitían volver; volver siempre,
el soñado siempre del escritor.
Pedro Recciutti Denucci, Ciudad de palabras (2013)

José María del Rey Morató, 4.ª Feria del Libro de Atlántida,

sábado 7 de diciembre de 2013